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David

(Historia narrada por Pepe Cruz)

David

23 de noviembre de 2017.

 

No sabemos qué día de la semana es. Dejamos de saberlo a las pocas jornadas de iniciar el viaje. Suele pasar cuando haces lo mismo todo el tiempo: conducir, sortear controles de policía y superar toda clase de dificultades. Hace nueve días que partimos desde nuestra querida Málaga. Llevamos con nosotros la ilusión de los cientos de amigos y amigas de toda España que quisieron contribuir con nuestro proyecto, con el proyecto de POLICÍA AMIGO, donándonos una mochila, un bote de leche o un juguete. Ese es un cargamento muy, muy pesado que soportamos sobre nuestros hombros. Las furgonetas, más allá de algunas contrariedades (pequeñas averías, averías medianas, pinchazos, etc.), están cumpliendo su cometido. Teniendo en cuenta que van hasta los topes de mercancía y, sobre todo, la antigüedad que acumulan sus chapas y sus vericuetos, estamos contentos. En realidad, estaríamos contentos de cualquier manera, pues no hay otra forma de encarar esto. Aunque nunca faltan las pequeñas dosis de frustración, claro.  Ya hemos recorrido 3900 kilómetros a través de Marruecos y Mauritania, a través del Sáhara.

 

Mientras escribo estas palabras, nos encontramos haciendo un pequeño alto en el camino, apenas a 20 kilómetros de Gogui, donde se encuentra el paso fronterizo entre Mauritania y Mali, y a 1100 kilómetros de nuestro destino final, Bobo-Dioulasso, la casa de Inoussa. Ayer fue un día muy duro. A decir verdad, todos los días acaban siendo duros. Esto es así, no os voy a mentir. Nuestro querido amigo Djibril madrugó con nosotros para conducirnos hasta la salida de Nuakchot. He conocido a pocas personas más nobles y serviciales que Djibril. Ya os hablaré de él en otro momento… Quisimos anticiparnos al avispero en el que se convierte la ciudad con la salida del sol, y también quitarnos algunas horas del sofocante calor. Así pues, a las cinco de la mañana conseguimos dejar atrás los últimos vestigios de la capital mauritana y adentrarnos en la misma carretera inhóspita, flanqueada solo por arena del desierto, que nos había acompañado los últimos 2700 kilómetros, desde que pasamos Agadir.

 

Teníamos la intención de pernoctar la siguiente noche (por esta pasada noche) en Aiún el Atrús, y la esperanza de llegar a una hora “prudente” para descansar bien. Pero el destino, siempre caprichoso, nos tenía reservada una nueva travesura que nos retrasaría durante más de cuatro horas. La puerta corredera lateral de la Iveco, empujada desde dentro por la carga, se rompió por los vaivenes que producían los innumerables baches y hoyos de la carretera, saliéndose de su guía. De modo que no hubo más remedio que “repararla” para poder continuar. Tras varios intentos inútiles por volver a encajarla en su sitio, finalmente utilizamos unas cinchas de amarre con carraca y conseguimos sujetarla lo suficiente para continuar la marcha. Al menos hasta la próxima jornada.

 

La cuestión es que, casi como cada día desde que empezamos esta aventura, ayer el tiempo y la noche se nos volvieron a echar encima. De manera que, cuando llegamos a Aiún el Atrús, una ciudad pequeñita, con la vida marcada por la arena y el sol, como cada rincón de Mauritania, el reloj ya había superado las dos de la madrugada. Con la ayuda de un miembro de la Gendarmería -discúlpame, querido amigo, pero ahora mismo no recuerdo tu nombre-  que amablemente abandonó su puesto en un control policial y se subió a la furgoneta de Paco para enseñarnos el camino, conseguimos encontrar algo muy parecido a un hotel para descansar y pasar la noche.

 

Nunca dejará de sorprendernos la amabilidad de estas buenas gentes, a pesar de las carencias con las que conviven. Y es que a primera hora de esta mañana (recordad, del 23 de noviembre), el mismo gendarme ha aparecido nuevamente por el hotel, aunque esta vez acompañado por un mecánico que, tras ponerse manos a la obra, ha reparado la puerta de la Iveco para aguantar, al menos, otros tres mil kilómetros más. Reconozco que da un poco de vergüenza decir lo que nos ha cobrado, así que no lo haré.

 

En realidad, queridos amigos, todo lo que he contado hasta ahora no es más que una introducción de lo que nos ha pasado al poco de salir esta misma mañana de Aiún el Atrús, a eso de las 11:30, cuando hemos tenido el privilegio de vivir una de esas historias que merecen ser compartidas y recordadas. Una de esas historias que evocan emociones y permanecen en la retina de quienes la protagonizan hasta el final de sus días. Ha sido esta mañana cuando hemos vivido la historia de David.

 

 

No hay un día en que Inoussa no trate de convencerme de no hacer planes, de no marcarnos un objetivo más allá de llegar lo más lejos posible, de avanzar kilómetro a kilómetro mientras se pueda. Pero no hay manera. Mi mentalidad europea me obliga a planificarlo todo, a tenerlo todo previsto. Y nada más imposible que eso en África. Hoy mi objetivo al emprender la marcha era alcanzar, y pasar, lo antes posible la frontera de Mali. Quizás sea ese el motivo de nuestra mala suerte, ahora que lo pienso; como cuando un deportista toca el trofeo antes de ganarlo, o como cuando pasamos por debajo de una escalera.

 

Porque todo se ha torcido muy rápido esta mañana. Para empezar, a los diez kilómetros de partir del hotel la carretera ha desaparecido repentinamente. Quién sabe cuánto tiempo hacía que alguien, en algún despacho polvoriento, decidió levantar el asfalto roto para sustituirlo por otro, y quién sabe si alguna vez se sustituirá. Sea como fuere, la realidad es que la carretera se nos ha convertido en una pista de arena suelta que ha acabado siendo una trampa para nuestras furgonetas. Mientras Inoussa conseguía avanzar a duras penas, ayudado por las ruedas gemelas de su eje trasero, Paco no ha tenido tanta suerte y, a pesar de su infinita pericia al volante, ha acabado quedándose varado. Los tímidos intentos por continuar que ha realizado no hicieron sino clavar más la Renault Trafic en la arena.

 

Reconozco que no teníamos un termómetro a mano, pero Inoussa juraba que hacían cuarenta y cinco grados de temperatura. Ni uno más, ni uno menos. Y a Inoussa siempre hay que creerle cuando jura algo, especialmente cuando está en su terreno. Sin embargo, al margen de sus capacidades adivinatorias, a pleno sol, en pleno desierto, a cuarenta y cinco grados, todos nuestros esfuerzos para poner de nuevo la furgoneta en marcha no estaban sirviendo absolutamente para nada. Fue entonces, en el momento en el que las fuerzas comenzaban a faltarnos -en el momento en el que, incluso Inoussa, acostumbrado a las inclemencias meteorológicas de la zona y, en general, a la dureza de la vida, comenzaba a desfallecer-, cuando un coche se detuvo a nuestro lado.

 

Era un Mercedes con, al menos, trescientos años. O eso parecía, claro. Un hombre joven, de raza negra, con las facciones marcadas a golpe de sufrimiento, nos dijo que volvería en unos minutos para ayudarnos. Y así, exactamente, fue cómo pasó. Emprendió la marcha hacia Aiún el Atrús, y a los cinco minutos volvió a aparecer a los lejos, levantando una enorme polvareda con su viejo coche. No dijo ni una palabra más. Sencillamente, se bajó y sacó una pala del maletero con la que comenzó a extraer arena de debajo de la furgoneta como si en ello le fuera la vida.

 

Su nombre es David. Aunque de eso nos enteramos más tarde, justo antes de despedirnos hasta la próxima vez. A pesar de encontrarnos aún en territorio mauritano, David es de Mali, y sabía exactamente qué tenía que hacer en cada momento, qué cantidad de arena debía sacar, qué cantidad de piedras debía poner… Estuvo trabajando sin parar, a cuarenta y cinco grados de temperatura, durante más de dos horas. Sin apenas levantar la cabeza para ver nuestras caras de sorpresa, de gratitud. Solo detuvo su ritmo frenético de paladas durante un minuto para calmar la sed.

 

Nosotros también colaboramos, por supuesto. Acercábamos a David todas las piedras que encontrábamos (sobre todo, restos del asfalto que una vez fueron una carretera), y él las colocaba minuciosamente bajo la Renault, preparando la plataforma por la que la deslizaría fuera de la trampa. En una de mis idas y venidas, asombrado por la forma de trabajar de aquel hombre, me acerqué a Inoussa y, casi susurrándole, temiendo ingenuamente que, de repente, David supiera hablar español y me entendiera, le dije que le pagara el doble de lo que pidiera. Así, sin más.

 

Ni siquiera Inoussa, con su percepción espartana y africana de la vida, fue capaz de contradecirme, mientras Paco hacía un gesto de aprobación con su mirada. Porque, a esas alturas, todos teníamos más ganas de sacar la furgoneta de la arena para poder premiar a David por su esfuerzo que para el verdadero objetivo que todos perseguíamos: poder continuar la marcha. En nuestras patéticas mentes, ligeramente trufadas de arrogancia europea, nos sentíamos felices al pensar que podríamos recompensar tanto trabajo con una buena cantidad de dinero.

 

Por eso, cuando David consiguió al fin sacar la furgoneta de la trampa en la que había caído tres horas antes, y se sacudió el polvo que cubría su cuerpo entero y se subió a su viejo Mercedes para marcharse, los tres nos miramos a la cara para comprobar que los tres teníamos caras de tontos. Tras unos segundos, le dijimos que adónde iba, que esperase, por favor, que teníamos que pagarle por su trabajo. Fue entonces cuando David levantó al cielo su mirada, sus brazos y sus dedos índices y exclamó:

 

-No tenéis que pagarme nada. Todos somos hijos de Dios y tenemos que ayudarnos los unos a los otros.

 

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