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Una amistad para toda la vida

(Historia narrada por Pepe Cruz)

Una amistad para toda la vida

Conozco a Inoussa Tapsoba desde septiembre de 2016. Es decir, hace realmente poco tiempo. Sin embargo, desde aquella tarde en que lo vi por primera vez han ocurrido tantas cosas en nuestras vidas, hemos vivido tantas experiencias juntos y por separado, que a veces tengo la impresión de que hayan pasado veinte años.

 

Me pregunto qué tiene que suceder para que dos personas comiencen una relación de amistad. ¿Qué mecanismos se deben desencadenar en nuestro interior, qué deben percibir nuestros sentidos, qué procesos químicos deben activarse en las neuronas de nuestros cerebros, para que conectemos con alguien o no, para que nos guste una persona o no? Sinceramente, no lo sé. Ni siquiera sé lo que tiene que pasar en mi propio cerebro. Lo que sí sé es que la primera vez que vi a Inoussa Tapsoba sentí una conexión especial con él. También sentí que quería saber más sobre él, sobre su vida, sobre esas cicatrices tribales que recorren su rostro con la disposición exacta que planearon sus ancestros cientos de años atrás, y que sirvieron a los miembros de su tribu para saber, siendo Inoussa todavía un niño, que dentro de su pecho rugía el corazón de un león.

 

Inoussa Tapsoba es una persona diferente. Seguramente fue eso lo que me gustó de él. Diferente, al menos, a la clase de personas con las que yo estoy acostumbrado a tratar. Diferente, en el sentido de la palabra diferente que me impulsa a admirar y a sentir afecto hacia otro ser humano que lo es. Reconozco que en aquel momento no supe apreciar con exactitud cuáles eran esas diferencias, más allá del color de su piel, sus cicatrices, su nacionalidad -el primer burkinés que conocía- y su enorme (y absolutamente sincera, como de otro tiempo) sonrisa. Ahora, dos años después, sé que Inoussa Tapsoba no es diferente por todo eso, sino porque es como debieron ser nuestros abuelos, y los abuelos de nuestros abuelos: un superviviente en un mundo injusto y lleno de dificultades; un luchador; una persona leal con un corazón noble a la que nunca le asoma una tontería por la boca porque él no está lleno de tonterías, sino de trabajo, sufrimiento, hambre, valor y coraje.

 

Sea como fuere, a los pocos meses de haberlo visto por primera vez ya lo consideraba mi mejor amigo. Tal cual. Sin embargo, en aquella época estábamos tan centrados en la preparación de nuestra primera expedición por carretera hasta Burkina Faso, y tan emocionados ante la aventura que nos esperaba, que no había tenido demasiado tiempo para reparar en ello. De modo que no fui consciente de ese vínculo especial e inquebrantable que se había forjado entre nosotros hasta el preciso día, ya en mitad de la expedición, en que Inoussa me contó la historia de su vida.

 

 

Aquel día viajábamos en un autobús inmundo que nos llevaba de vuelta 1000 km atrás, desde Gogui, en la frontera entre Mauritania y Mali, hasta Nuakchot. Nos habíamos visto obligados a desandar, precisamente, el tramo de carretera más duro que habíamos recorrido hasta entonces… En el interior del autobús, en el que yo era el único pasajero de raza blanca, la mayoría de las personas eran las mismas que dos o tres meses más adelante intentarían saltar la valla en Ceuta a toda costa, o cruzar el Mediterráneo en una patera, o lo que fuera, en busca de una vida mejor.

 

Inoussa comenzó a hablar al poco de iniciar la marcha, seguramente para hacer más llevaderas las diecinueve horas de camino que nos quedaban por delante. Mientras hablaba, las lágrimas -mis lágrimas-, espoleadas por la crudeza de sus palabras, comenzaron a agolparse en el borde de mis ojos, esperando disciplinadamente su turno para precipitarse por mi cara. Aquella situación (Inoussa narrándome una de las historias de vida más duras que he conocido) constituyó para mí, sin duda, lo más parecido a una revelación. Lo digo en el sentido divino de la palabra, dando por hecho que existen las revelaciones en este sentido de la palabra, claro está. No obstante, aunque las revelaciones de esa categoría (divinas) suelen ser cuestión de segundos o minutos, o eso tengo entendido, aquella que me sucedió a mí necesitó algo más de veinticuatro horas de desventuras para ponerse de manifiesto. Sucedió, más o menos, así:

 

El día anterior había sido muy duro para ambos. Para mí, tal vez, el más duro de mi vida. Inoussa conducía una Renault Berlingo y yo una Citröen Expert. Ambas furgonetas, viejas, cargadas hasta los topes, aguantaban a duras penas las dificultades del viaje. Después de cinco extenuantes jornadas habíamos recorrido casi 4000 km desde España, desde Málaga, atravesando los territorios de Marruecos y Mauritania, soportando temperaturas que llegaban a superar los 50 grados centígrados en las horas centrales del día durante nuestra travesía por el desierto. Por fin, después de un tramo infernal de carretera, de lo que llamo carretera porque de alguna manera hay que llamarlo, pudimos llegar a Gogui. Allí se encontraba el paso fronterizo con Mali, desde donde nos restaban los últimos 1000 km para llegar a nuestro destino final, Bobo-Dioulasso, en Burkina Faso.

 

Por determinadas circunstancias, llevábamos dos días completos, y buena parte de otro, sin apenas ingerir ningún alimento. Esto resulta bastante difícil de explicar a quienes no han estado por esta parte del mundo, por lo que no me empeñaré demasiado en hacerlo. Así sucede; así es África. Baste decir que cuando teníamos la oportunidad de avanzar no podíamos, ni debíamos, parar para comer, y cuando teníamos la oportunidad de comer estábamos en mitad de la nada, rodeados por miles de kilómetros cuadrados de arena… y sin provisiones.

 

Yo había previsto conseguir el visado de tránsito para atravesar Mali, de camino a Burkina Faso, en el propio puesto fronterizo de Gogui. Había consultado en Internet y había visto (o había creído ver) que era posible hacerlo así. También Inoussa me había confirmado que sí, que era posible, puesto que él mismo había viajado en otra ocasión con un chico español y había conseguido el visado en la frontera. Además, la otra posibilidad que existía, conseguirlo en la Embajada de España en Nuakchot, se había esfumado en el mismo instante en que pisamos territorio mauritano, ya que el jefe del convoy en el que nos integraron para atravesar el país se había quedado con nuestros pasaportes.

 

Sin embargo, al llegar a Gogui nos llevaríamos un auténtico mazazo. La frontera de Mauritania cerraba a las seis de la tarde, y nosotros habíamos conseguido atravesarla apenas a las cinco y media. Desde la barrera mauritana (un tronco famélico y tortuoso de madera que un policía subía y bajaba con verdadera desgana) hasta la maliense (otro tronco famélico y tortuoso de madera que otro policía subía y bajaba con la misma desgana), había unos cuatro kilómetros de distancia. Así que, entre unas cosas y otras, cuando presentamos nuestros pasaportes a los policías nacionales de Mali eran ya las seis en punto.

 

Fue entonces, en ese preciso momento, cuando se puso a prueba como nunca antes la determinación que teníamos para cumplir con nuestro sueño, con nuestro proyecto de llevar un poco de esperanza a los niños y niñas necesitados de Burkina Faso. Un inspector de Policía, jefe del puesto fronterizo, me informó de que era absolutamente imposible expedir el visado allí, que lo debía haber hecho en España antes de iniciar el viaje o, en última instancia, en la Embajada de Nuakchot. En realidad, me tuvo que informar unas treinta o cuarenta veces más, que fueron las mismas veces que Inoussa y yo le pedimos, le rogamos, le imploramos, que conmigo hiciese una excepción. Pero no la hizo. De repente, reflejando en su rostro el hartazgo provocado por nuestra insistencia, ordenó a sus subordinados que me sacaran del puesto de Policía y me llevaran de vuelta a la frontera de Mauritania.

 

Lo que sucedió en las quince horas siguientes no lo podré olvidar durante el resto de mi vida. Casi a empujones me llevaron hasta una camioneta en el que me iban a “deportar” a Mauritania. Ni siquiera el hecho de ser policía o que estuviera allí por una razón humanitaria importaba ya. Cuando estaban a punto de introducirme en el vehículo, me percaté de que Inoussa y yo tendríamos que separarnos en ese instante, puesto que Inoussa debía quedarse a cargo de las dos furgonetas, que ya estaban en territorio maliense y que, en cualquier caso, no estaban en condiciones de regresar a Nuakchot (lo que hubiera supuesto añadirles a cada una dos mil kilómetros más de los previstos).

 

Ante tal perspectiva, y ante el hecho de que no llevábamos dinero encima (puesto que habíamos gastado todo el dinero mauritano con objeto de sacar francos CFA en Mali, y así no perder en el cambio), comencé a forcejear con los policías con la intención de que me dejasen acercarme a las furgonetas para coger algunos enseres. El riesgo mereció la pena, ya que me dio tiempo a coger una pequeña mochila en la que llevaba un portátil y una cámara de fotos y, lo más importante, a darle a Inoussa mi tarjeta de crédito mientras le gritaba el pin para que pudiera sacar dinero y volver para ayudarme. Después, al fin, me subieron al vehículo y me trasladaron cuatro kilómetros atrás, nuevamente a la frontera de Mauritania.

 

Lo cierto es que fueron momentos angustiosos. Al llegar de nuevo a la frontera mauritana sucedió lo que ya había imaginado: mi visado había expirado al salir del país, la frontera ya estaba cerrada y, para colmo de males, no tenía dinero por si algún policía se apiadaba de mi y me permitía conseguir el visado fuera de hora. Además, tampoco tenía posibilidad de comunicarme con Inoussa, ya que, ¡error!, no habíamos contemplado la posibilidad de separarnos en algún momento y, por ello, no habíamos comprado una tarjeta para mi teléfono. Solo me quedó tumbarme en la arena del desierto, entre las fronteras de Mauritania y Mali, y esperar a que pasara la noche y que, con la llegada del nuevo día, Inoussa regresara con dinero para salir de aquel atolladero.

 

Ni que decir tiene que la noche se hizo muy larga, casi eterna. Y no solo para mí, sino también para Inoussa. Después de contratar a un chico para conducir una de las furgonetas, ambos fueron hasta el puesto aduanero de Gogui, a unos cincuenta kilómetros de la frontera en dirección Bamako. Allí estuvo Inoussa toda la noche, sin pegar ojo, preocupado por mi suerte, sufriendo ante la incertidumbre de no saber qué estaba pasando conmigo. Cuando por fin comenzó a ver las primeras luces del alba, consiguió el dinero que necesitábamos, pagó a alguien para que vigilase las furgonetas hasta nuestro regreso, y contrató a un motorista para que lo llevara de vuelta a la frontera, hasta donde me encontraba yo.

 

A esas alturas, ya no me dolía el estómago de hambre. Al menos, no lo recuerdo. Supongo que tenía otras preocupaciones mayores que esa. Muy temprano, sobre las cinco de la mañana, ya había desistido de la idea de conciliar el sueño para que las horas pasaran más rápidas. Así que recogí lo poco que llevaba conmigo y me senté al lado de la carretera, por donde debía llegar Inoussa. En ninguna otra situación de mi vida había sentido tan lento el paso del tiempo como en aquella, en la que llevaba tres días sin comer, no tenía dinero y me encontraba atrapado entre las fronteras de dos países africanos sin poder comunicarme con nadie.

 

El autobús que llevaba a Nuakchot, el único autobús cada veinticuatro horas, acababa de pasar delante de mis narices. Uno de los policías mauritanos, que había empatizado un poco conmigo al tener un hijo que estudiaba en Barcelona, me dijo (prácticamente con signos) que ese era el autobús que debía haber cogido… Sin embargo, cuando ya estaba maldiciendo por las consecuencias de haberlo perdido, por tener que pasar otro día completo en aquel lugar esperando a que pasara nuevamente un autobús, apareció Inoussa a lomos de una motocicleta. Rápidamente, tras darnos un fuerte abrazo, cada uno con un nudo en la garganta, conseguimos nuevos visados para entrar en Mauritania, nos subimos a la moto junto con su piloto y alcanzamos el autobús, que estaba siendo revisado concienzudamente en el puesto aduanero que se encontraba a escasa distancia de allí.

 

Cuando, al fin, estábamos sentados en su interior, en dirección a Nuakchot, con diecinueve horas de viaje por delante, hablamos durante un rato de todo lo que nos había pasado y de la angustia que habíamos sentido, cada uno por lado. Después, Inoussa dijo: “Yo he tenido una vida muy dura. Cuando era muy pequeño, mi familia…”.

 

Por cierto, en ese viaje conocimos a nuestro querido amigo Djibril, pero esa ya es otra historia.

 

2 Comments
  • Africa
    Posted at 07:45h, 02 octubre Responder

    GRACIAS POR HACERNOS PARTICIPES DE TUS VIVENCIAS, GRACIAS POR SER TAN GENEROSO Y ABRIR TU CORAZÓN, GRACIAS POR APARECER EN MI VIDA.

    • Samuel (administrador)
      Posted at 23:03h, 22 octubre Responder

      Gracias a ti, porque sin tus ganas de ayudar y sin tu fuerza esto sería mucho más difícil. Somos lo que somos por personas como tú.

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